Enunciado
Las tinieblas de tu memoria negra
— Puedes elegir — seguía diciéndome el viejo rector —. O bien serás lo bastante animoso como
para emprender solo esta dura etapa, o bien la llevarás a cabo con los demás, uniéndote a tu paso y
adoptando su marcha. En el primer caso serás un explorador de calidad excepcional. En el segundo,
no harás más que un trabajo de serie, mediocre, y en todo caso indigno de ti. Me contempló con
simpatía, y adivinando mi turbación y compadeciéndose seguramente de la tristeza que sentía, añadió:
— ¿Pero qué hablamos de soledad, hijo mío? Un cristiano nunca está solo. [...]
— Y esto, reverencia, todo esto, — suplicaba yo —, ¿no es...?
— ¿Qué — ansioso —, qué, amigo mío?
— Pues... orgullo. Una especie de presunción. [...]
— ¿Orgullo? — me objetó susurrante.
— ¿Orgullo?... Amigo mío, es orgulloso el que contempla tanto su propia excelencia que olvida
la de Dios.
Y luego, sabiendo sin duda qué iba a responder:
— ¿Es éste tu caso?
— No, reverencia — contesté con excesiva rapidez, como queriendo con ello encubrir la duda —.
No creo en absoluto que ése sea mi caso.
— Hijo mío — replicó —, alma débil que no ve sino su propia debilidad, ¿por qué dudas de esa
ascención a que Dios te llama? Hijo mío, a Dios no le encontrarás únicamente al final del duro camino
que estás escalando, sino a cada paso, en todos los momentos de la subida. Y la humildad consiste
precisamente en reconocer que no podemos nada sin esta presencia permanente. [...] Hijo mío,
no trato de convencerte de nada — decía ahora el padre rector.
Me dio la impresión de que en ese preciso instante acababa de darse cuenta de que la situación
era irremediable, que me estaba escapando para siempre.
