Enunciado
Diego Rosales viste y habla como gaucho. Para poder sobrevivir,
dice, sus antepasados resignaron la cultura mapuche. Hubo entonces
mestizaje y se acriollaron. “Con la ayuda de la Confederación Mapuche
de Neuquén retomamos la cultura y la lengua mapuche. Tomamos
cursos para recuperar una identidad que habíamos perdido. También,
para pelear por nuestros derechos ante los órganos públicos”, se
sincera Rosales. A su lado, Inocencia, de 80 años, que conserva la
lengua de su etnia, cuenta que cuando era joven todo era campo
fértil. Vendían cuero, lana, pieles de zorro y nutrias que transportaban
en burros, y subsistían con las cosechas de quinta y la venta de
animales. “He visto mi vida arrinconarse; el campo se va terminando
y los animales no tienen qué comer. La vida debería ser más pareja”,
dice. Inocencia reclama personería jurídica para pedir tierras.
Ella aspira a una fracción de 1 600 hectáreas; su nieto Rosales quiere
un predio similar cerca del río. Adquirir personería les permitiría iniciar
juicio contra los privados titulares de las tierras que ellos ocupan
desde hace décadas a través del pastoreo. La provincia no se las
da, dicen, porque los dueños especulan con las reservas de gas de
estas tierras y con el monopolio del agua.
