Enunciado
Sopa de maní en poesía
“Pocas cosas son tan buenas como comer mandarinas mientras el sol tuesta tu piel” me dice Rosalba,
y no puedo sino coincidir y desperezarme. Es la hora de la siesta, junto a la fragancia cadenciosa de
las frutas está el olor seco de las cáscaras de maní. Es el otoño, el sol apenas alcanza a regalar tibieza
y nosotras vamos pelando el maní crudo para la sopa del día siguiente. “Naturalmente”, me cuenta
Rosalba, “el maní es un producto adaptado a estas tierras, como son adaptadas las recetas españolas
o francesas que conforman nuestra cocina. La mezcla de recetas y productos es la bendición gracias a
la cual cada lugar posee una esencia propia. Aquí, en las recetas de avellanas y almendras interpusimos
los maníes y las almendras del Beni, a las liebres las cambiamos por cuises — conejitos de la India —,
a los condimentos europeos añadimos los nuestros, por sobretodo el ají en vaina, colorado o amarillo”.
Pobres de espíritu los que suponen que en el mundo hay sólo una variedad de cada cosa: un solo tipo
de arroz, una sola especie de papa.
Para la sopa de maní Rosalba prepara un caldo espeso con patas de pollo, cebolla rallada y tomate
ídem. Cuando éste ha tomado sabor y consistencia le añade una taza de maní crudo pelado en agua
caliente y licuado, y espera con proverbial paciencia a que esté cocido. La sopa, como las frutas,
varía de estación a estación, pero es infaltable en cada mesa: redondea y completa el “segundo”
o plato fuerte, prepara los estómagos y caldea los corazones.
