Enunciado
Dicen que Tita era tan sensible que desde que estaba en el
vientre de mi bisabuela lloraba y lloraba cuando ésta picaba cebolla;
su llanto era tan fuerte que Nacha, la cocinera de la casa, que
era medio sorda, lo escuchaba sin esforzarse. Un día los sollozos
fueron tan fuertes que provocaron que el parto se adelantara. Y
sin que mi bisabuela pudiera decir ni pío, Tita arribó a este mundo
prematuramente, sobre la mesa de la cocina, entre los olores de
una sopa de fideos que estaba cocinando, los del tomillo, el laurel,
el cilantro, el de la leche hervida, el de los ajos y, por supuesto, el
de la cebolla. Como se imaginarán, la consabida nalgada no fue
necesaria, pues Tita nació llorando de antemano, tal vez porque
ella sabía que su oráculo determinaba que en esta vida le estaba
negado el matrimonio. Contaba Nacha que Tita fue literalmente
empujada a este mundo por un torrente impresionante de lágrimas
que se desbordaron sobre la mesa y el piso de la cocina.
